De la violencia intrafamiliar y otros males

Una cosa es leer en los periódicos las alarmante cifras que señalan que Bogotá es una de las ciudades con más alta tasa de violencia intrafamiliar, con un promedio de 6.744 casos en tan solo los 6 primeros meses del año y otra muy distinta es tener a menos de 5 metros a los vecinos dándose golpes y protagonizando en vivo y en directo una de las mejores peleas de lucha libre que haya visto en mi vida.

violencia

“lucha libre”

Para entender el contexto deben saber que mi madre aunque en algo ha cambiado el chip, tiene sangre santandereana machista de antigua cepa. El día de los hechos, cuando llegue a media noche, encontré al vecino pegándole patadas a la puerta, a los cinco minutos la esposa le abre para evitar un escándalo y este tipo la coge como a violín prestado y empieza el show en primer fila, para lo cual solo digo a veces es mejor llegar a tiempo que ser invitado.

El punto crítico del asunto no fue la golpiza, fue las diferentes reacciones que surgen ante estos casos. Mi primera reacción como mujer fue querer disipar la situación, pero sabía que no era lógico meterme a pelear con un tipo 3 veces más grande que yo, así que entré a mi casa para solicitar apoyo familiar de mi madre, quien señalo que en peleas de pareja uno no debe meterse y que a lo mejor el tipo sus razones tendría y bla bla bla, así que con mi alto sentido de responsabilidad social decidí llamar a la policía, eso sí confieso que marque al 112, al 117 hasta que llame al 113 y una mujer al otro lado solo me dijo con voz de somnolencia que el numero era el 123. Cuando finalmente logré comunicarme, un operador tomó mis datos y empezó a desvariar preguntándome con que le estaba pegando, si era arma blanca, si tenía pistola, ¡como si fuera yo! la que estuviera cometiendo la agresión, después de 15 minutos explicándole que no era yo la que le estaba golpeando a mi vecina, me dijo que esperara 5 minutos que la ayuda policial vendría.

Me fije a la ventana como niña en noche buena y paso media hora y no llego nadie, volví a llamar me preguntaron las mismas idioteces, volví a pelear y no llego nadie. Obligue a mi mamá a llamar desde el celular, le preguntaron más bobadas y finalmente tras una hora de acoso telefónico llegaron dos policías en una moto, al verlos bajé rápidamente para permitir el acceso inmediato, pero me lleve la sorpresa que los agentes se encontraban en modo zombie y actuaban a la velocidad de la tortuga. Yo con los ánimos exasperados les empecé a subir el tono de voz diciéndoles que eran unos ineptos y que eran solidariamente responsables si mataban a la vecina por negligentes. El primer policía se quitó el casco y me dijo “mamita, si esta tan arisca venimos más tarde”. Cabe aclarar que la expresión “mamita” genero en mi un volcán de feminismo en modo histérico y empece a usar palabras como: machista, desgraciados, pusilánimes, ineptos, entre otras, lo que conllevó a que la escena cambiara y el policía me dijera que me iba a arrestar por “violencia contra servidor público”. En ese instante entendí que me encontraba en un lío por meterme en golpiza ajena. Cuando ya estaba todo perdido, el vecino abusador salio borracho por la puerta, tranquilo y sin rumbo, la policía no lo arresto pese a que yo gritaba a pleno pulmón que él era el ‘maltratador’ y de enredo en enredo logré escapar cual delincuente mientras el borracho daba tumbos por la calle.

El policía dijo que no podía hacer nada porque el denuncio era anónimo pese a que yo le estaba dando mi nombre, así que me dio cinco minutos para esfumarme so pena de llevarme tras las rejas, mientras interrogó a la pobre mujer quien confirmó mi versión. Al día de hoy solo quedé como la loca del barrio, reconozco que los vecinos posteriormente se disculparon y la mujer agradeció el gesto porque si no la hubiesen matado, pero la impotencia de saber que ante la denuncia de un caso de violencia intrafamiliar usted puede quedar como el delincuente solo me lleva a cuestionar la verdadera aplicabilidad de las normas en el país.

Pese a esta amarga experiencia sigo pensado que debemos denunciar, eso sí no lo haga ante la policía porque parece ser que no están capacitados para atender estos asuntos. La línea de contacto directo es con el ICBF en la línea gratuita nacional 01 8000 91 80 80 y desde Bogotá 660 55 20 – 660 55 30 – 660 55 40, que atiende las 24 horas del día y tal vez no corra el riesgo de ser judicializado.

 

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Categorías:La vida, el universo y todo lo demás, Opinión

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