Rápida y furiosa.

Sin animo de ser pretenciosa, debo confesar que compre un carro sin saber manejar, ese fenómeno extraño se debió a múltiples razones económicas, pero debo decir que el universo se alineó para otorgarme un premio del cual ni siquiera  yo estaba segura de querer recibir.

Desde el inicio de los tiempos he sido mujer de bus, tuve la “dicha” de disfrutar del directo Caracas, el Quiroga con su recorrido por la décima y ahora el que va por la 26, he disfrutado de los cariños de mis compañeros de bus, que me han dado exceso de afecto con sus espichadas y un toque de morbosidad con sus miradas fisgonas.  Si algo puedo decir, sin temor a equivocarme,  es que nunca me he sentido tan “amada” como en un bus.

Teniendo en cuenta que en las mañanas mi rutina siempre ha sido la misma, he logrado identificar a ciertos personajes, como a la oficinista infiel, al abuelo morboso, a las practicantes del sena, a el coqueto, entre otros, a tal grado que ya hemos creado un lenguaje tácito no solo para saludarnos sino para criticarnos, a tal extremo, que de un tiempo para acá no he tenido que mirarme al espejo antes de salir, porque se que en el bus la inspección de mis nuevos mejores amigos me dirá con exactitud mi grado de belleza o fealdad.

Nunca aprendí a manejar, porqué desde mi puesto de pasajera, ya experimentaba “ira de carretera”, no solo contra los demás buses y carros, sino contra el conductor que siempre nos trasteaba como si llevara ganado, pero en el fondo siempre había pensado que el día que me tocara manejar tendría que inventarme el modo de canalizar mi energía, porque en el fondo odiaba la gente bruta para manejar, hasta que me llego el día de aprender y me di cuenta que una cosa  es torear y otra ver los toros desde la barrera.

En la búsqueda online de una escuela de conducción que tuviese clases en el horario que  se me ajustara, es decir de 9pm a 12 pm, me topé con un fallo del juez de lo contencioso administrativo No 2 de Zaragoza España, a través del cual dejaba sin efectos una multa impuesta a una academia de automovilismo que cobrara 665 euros por enseñarle a los hombres y 850 euros para las mujeres, bajo la justificación que el genero femenino se demoraba más en aprender y por ende requerían mas clases, a lo largo del fallo daban un sustento que no solo incrementaba mi inseguridad sino mis ansias de retarme y demostrar lo falso de esa apreciación. Como no encontré ninguna academia noctámbula, a través del trafico de influencias logré saltarme la clase teórica, para proceder a las horas practicas, porque eso sí que difícil es sacar el pase, ya que nuestras adorables leyes colombianas, a los posibles nuevos talentos jóvenes de la conducción nos ponen muchas trabas y es imposible sacar el pase antes de dos meses, por solo  598.000 pesos del curso mas barato, sin contar los gatos de exámenes y derechos de la licencia.

Como buena autodidacta, antes de la primea clase entré donde el señor Google, a leer como se maneja un carro, no sé que me hizo pensar que la lectura minuciosa de la teoría en “wiki how” me iba a convertir en la “Michael Schumacher” colombiana. Llegué entáconada a recibir mi primera clase, llena de conocimiento teórico y me encuentro con un profesor con los años de Matulazen, que me regaña más que mi mamá en sus buenos tiempos y solo me dice !es que usted no escucha el motor! y yo pienso que en Google no estaban las grabaciones del motor hablándome, acto seguido me regaña por los tacones, me dice que no prenda el radio y pasan las dos horas mas largas de mi vida, pero como la chica del pelo rojo no se da por vencida, tomé la experiencia como aprendizaje y decidí tomar otra clase con el señor cascarrabias, en esta segunda experiencia él, muy retador, me mete literalmente por la Décima y yo sin saber escuchar el motor, de grito en grito hago lo que el señor me dice, temiendo por la vida de motociclistas, transeúntes y hasta por mi propia vida.

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¿cómo dices motor?

Al final de esas dos horas y con un carro nuevo paqueado en el garaje ya doy por sentado que si puede ser cierto que las mujeres nos demoramos más en aprender pero no por brutas si no porque los maestros de conducción son hombres que saben escuchar el motor pero no a las mujeres, lo que impide que tengan un lenguaje adecuado para explicar los temas básicos de la conducción. A mi tercera clase con ya 4 horas perdidas, decidí cambiar al “escuchador de motores” por cualquier otro personaje que tuviese la paciencia para enseñarme y puedo a ciencia cierta afirmar que jamás aprendí a escuchar el motor pero si a leer el tacómetro: Ahora ando esperando con ilusión poder sacar algún día mi carrito del garaje y mientras tanto, esperare  seguir siendo “amada” por mis amigos del bus.

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Categorías:Opinión

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  1. Esquina Dorsal

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